galería La revolución de las ovejas

La facción Revolucionarios del Barrio 18 se ha partido. Pero esta vez, la división del Barrio 18 no se escribe en clave pandillera, no se trata de conflictos por poder o por dinero: la pandilla no se ha dividido apelando a la fuerza de las armas, sino a la fe evangélica. Esta es la historia de una iglesia, La Final Trompeta y de su líder, Carlos Montano, que desafiaron todo lo que se cree saber sobre esta pregunta crucial: ¿es posible que un pandillero cambie? Y otra, incluso con potencial mortal: ¿es posible decirle adiós a una pandilla y sobrevivir?

 “Ahora mismo en los cielos se libra una gran batalla entre ángeles y demonios”.
Pastor Nelson Moz.

Al pastor Carlos Montano el alcohol todavía le circula en la sangre. Se hace de noche y sabe que no tiene sentido postergar más el castigo al que la pandilla lo ha condenado. Va como un hijo favorito caído en desgracia, sin ninguna esperanza de recibir perdón por su pecado.

Lleva puesta la bufanda con la que disimula los tatuajes pandilleros y un miedo sólido en el cuerpo, porque en el cielo hay un Dios, al que juró servir sin miramientos, y en la tierra está el Barrio 18, al que siendo un chico de 13 años le hizo una promesa similar.

No hay mucha ocasión para el trámite, así que el pastor Carlos Montano se presenta frente a la que fue su clica sin ceremonia alguna y todo mundo entiende que ha llegado la hora de cobrarle el agravio de jugar con los dos poderes a los que entregó su vida. Las promesas que se hacen a Dios y -en esta comunidad- las que se hacen a la pandilla, persiguen a los hombres para siempre.

Es conducido a una cancha de fútbol y va imaginándose como oveja entre lobos. El pastor Carlos Montano espera resignado a que su suerte sea echada. La pandilla nombra a los verdugos y pronuncia la sentencia previsible. Cuando todo está listo, el pastor Carlos Montano se pone de rodillas para abandonar su destino en manos de la furia de “el mundo”.

Quitarle la presa al león

En la cárcel de San Francisco Gotera la pandilla se ha partido.

En abril de 2015, esa prisión fue destinada exclusivamente a miembros de la facción Revolucionarios, del Barrio 18. Cerca de mil 100 internos ocupan ahora las celdas de ese penal. Entre ellos, poderosos líderes de la organización criminal. En octubre de 2016, casi la mitad de los pandilleros recluidos en esa cárcel tomaron una decisión sin precedentes: acordaron salirse de la pandilla, así, sin más: no formar otra pandilla, no convertirse en colaboradores del gobierno, sino salirse, dejar de ser pandilleros, dejar de llamarse con apodos pandilleros, dejar de obedecer a sus líderes pandilleros de clica y de tribu, a sus ranflas, a las normas internas de los Revolucionarios. No uno ni dos ni 100, sino más de 400 soldados diciendo un impensable adiós.

Para que su decisión quedara formalmente asentada, convencieron al director del penal de que les permitiera vivir separados de los pandilleros activos. Tomaron sus colchonetas y sus hamacas y se largaron, hartos de vivir revueltos con el pecado que se respira en el mundo, y se apartaron a sus propios recintos: de los seis sectores en los que se divide la cárcel de Gotera, el 4, el 5 y el 6 están destinados solo para las ovejas.

Aquel rebaño era conducido por un joven pastor evangélico, que se alzó como cabeza de la iglesia de pandilleros cuando apenas tenía 20 años y que a sus 24 era piedra angular del movimiento de pandilleros cristianos de la cárcel de Gotera. Su nombre es Carlos Montano.

Pero la promesa que se le hace a la pandilla es de por vida y no bastan unos versículos bíblicos y un portazo para decir adiós. Los líderes de los Revolucionarios no se tragaron la idea de que aquellos a los que conocían desde niños como rudos homeboys de la pandilla 18, de pronto resultaran en mansos cristianos y que la única explicación posible para semejante indisciplina fuera el misterioso llamado de Dios. Porque los Revolucionarios llevan en su ADN la memoria de la conspiración: ellos mismos fueron un grupo de descontentos que libraron hace más de una década una revuelta contra los líderes del Barrio 18 y terminaron partiendo la pandilla en dos facciones peleadas a muerte; así que encontraron que esta división se parecía sospechosamente a ellos mismos.

Y los rumores se echaron a correr, sueltos y peligrosos, por aquellas mazmorras vengativas, saturadas de hombres acostumbrados a resolver los problemas a plomo y machete. El ambiente en la cárcel se volvió tenso y lo odios acumulados por el desprecio apuntaron hacia el pastor de aquel rebaño díscolo. Le llamaron cobarde, para insultarlo, pero también traidor, para condenarlo a la muerte.

Un mes después de la separación de los cristianos, con la herida fresca y las dudas afiladas, el pastor Carlos Montano propuso a los líderes de la iglesia llevar a cabo una misión que atajara los rumores: deberían salir del resguardo seguro de los sectores cristianos de la cárcel para hacer una visita a los pandilleros activos en sus celdas y predicarles la palabra de Dios.

“No se dijo con palabras –recuerda uno de los líderes de la iglesia-, pero nuestros ojos declaraban que teníamos miedo. Pero luego pensé que si antes estaba dispuesto a morirme por nada, ¿por qué no iba a estar dispuesto a morirme por las cosas de Dios?” Así que se preparó la misión: 35 ovejas visitarían los sectores de pandilleros activos esperando volver enteros; o volver, a secas. Le propusieron la locura al director de la cárcel, Óscar Benavides, esperando que la autorizara. Y la autorizó.

“Yo tomé esa decisión –explica el director- porque yo conozco los principios cristianos y les dije: ‘no les voy a permitir que vayan a jugar una situación de hipocresía hacia Dios’. No soy cristiano pero conozco eso y les dije que tenían que hablar la verdad, sin andar con tanto miedo, porque si confiaban en Dios no les iba a pasar nada”.

Benavides es un hombre campechano al que es imposible diferenciar de cualquier custodio: suele llevar botas militares y alguna camiseta manchada por labores cotidianas de mantenimiento. Está convencido de que el movimiento de ovejas es genuino y habla de la Iglesia de la Final Trompeta con el orgullo con el que se elogia al propio hijo.

“Era una situación complicada –recuerda- y me pareció bien que fueran a hablar claro (con los activos). Temblaban un poco, y con razón. Yo les dije ‘van a agarrar al diablo por los cuernos y no van a andar con tanta paja porque si son cristianos y los matan, ahí ya saben para dónde van: van al cielo y eso ya es ganancia”.

Los custodios abrieron las puertas del sector escogido y los misioneros entraron a aquel lugar sobrepoblado, lleno de rostros descreídos y ariscos. Y las puertas se cerraron a sus espaldas para quedar al amparo de sus propias creencias y a merced del poder terrenal de la pandilla. Los 35 se arrojaron de inmediato a cantar alabanzas y aplaudir la gloria del crucificado y gritar a voz en cuello las bondades de Dios y de su proverbial misericordia cuyos alcances estaban por verse.

Terminado el culto, el pastor Carlos Montano, como si no hubiera ya suficiente dinamita en el ambiente, preguntó cuántos de ellos quisieran abrazar el camino de Dios y regresar con ellos a los sectores de ovejas. Y poco a poco se fueron levantando manos: primero, dos. Luego tres. 10, 20 y 30 y 40 pandilleros dijeron haber sentido el llamado místico del Señor y que por eso o por quién sabe qué otras razones estaban dispuestos a largarse junto a los misioneros. El pastor Carlos Montano supo que no había tiempo que perder y les ordenó recoger los lujos que tuvieran a mano: una colchoneta, unos platos –si los tenían-, unos harapos, y que pusieran pies en polvorosa antes de que aquello terminara mal. Poco a poco comenzó un goteo de insultos, que terminó siendo una lluvia contra los nuevos conversos: era la pandilla perdiendo miembros de nuevo y maldiciendo el momento en que aceptaron que aquellos locos religiosos llegaran a alborotar el redil.

Los misioneros salieron de ahí haciendo un pasillo para los nuevos miembros del rebaño, mientras el coro de improperios se volvía cada vez más rabioso y amenazador. “El Señor no permitió que la boca de los leones se cerrara y pudimos quitarles la presa”, recuerda un misionero.

La misión regresó triunfante a los sectores de ovejas: no solo habían vuelto intactos, sino que además le habían robado a la pandilla nuevas almas con sus respectivos cuerpos para la gloria de Dios. Y suspiraron aliviados y agradecidos de que aquellas fauces, cuyos horrores bien conocían, no les hubieran apretado los cráneos y los cuellos.

Pero algo en el pastor Carlos Montano le pedía más. Era quizá el espíritu hambriento que le quemaba por dentro; o la necesidad de dejar las cosas en blanco y negro con la pandilla. Tal vez era solo adicción a la adrenalina o llana locura, pero el pastor Carlos Montano no había concluído aquella misión. Así que le anunció al rebaño la próxima jornada: volverían al día siguiente, pero esta vez no cantarían alabanzas ni realizarían ningún culto, sino que se encararían con los líderes de la pandilla.

La Final Trompeta

Carlos Montano no es el fundador de la Iglesia de la Final Trompeta y es imposible escuchar una explicación terrenal de por qué una iglesia de expandilleros terminó llamándose con el nombre de un instrumento musical tan dramático. La única historia que se repite entre las ovejas, como un hecho incontrovertible, es que fue el propio Dios el que acudió a los sueños de una mujer para susurrarle el destino de su marido.

En el año 2009, aquella mujer fue a visitar a su esposo, encerrado en la cárcel de Izalco con una larga condena, y le dijo que el Señor le enviaba un mensaje: él sería pastor y fundaría una iglesia a la que bautizaría según el versículo que reza: “… en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”. Y aquel hombre, llamado Nilson y conocido como el Kilo de Quezalte, así lo hizo: fundó una iglesia con ese nombre, de la que era el pastor y esperó que otros pandilleros lo siguieran. Seis lo hicieron.

 

Miembros de la Iglesia de la Final Trompeta en el penal de San Francisco Gotera. Este es el movimiento que dirigió dentro de esa prisión Carlos Montano, arrebatando a la pandilla Revolucionarios, del Barrio 18, más de 400 miembros. Foto: AFP / Marvin Recinos.

La Iglesia de la Final Trompeta no ha sido el único emprendimiento religioso fundado en una cárcel, ni el único dirigido y conformado exclusivamente por pandilleros. Existe una larga historia de iglesias –particularmente evangélicas- que surgen en el sistema penitenciario. Las pandillas, todas, han tolerado y convivido con religiosos que entran a sus cárceles y con sus propios miembros que abrazan –o que dicen abrazar- la fe.

La facción Revolucionarios del Barrio 18 tenía en 2009 al menos dos iglesias prosperando en las cárceles destinadas a sus miembros: “La Final Trompeta”, conducida por Kilo y creada en el penal de Izalco, y “Ariel, León de Judá”, fundada por William Galindo –el Showy de Las Palmas-, en la cárcel de Quezaltepeque.

Ser cristiano –oveja- en una cárcel es una declaración de intenciones: por lo general, las ovejas le hacen saber a la pandilla que en la medida de lo posible prefieren verse lejos de los asuntos criminales. Y normalmente la pandilla les prodiga la aceptación burlona que se les otorga a los cobardes, sometiéndolos a una rigurosa observación y midiendo su conducta milimétricamente: si te fumaste un cigarrillo, si hacés bromas o si decís una palabrota, sos candidato a un castigo por haber intentado engañar a la pandilla y hacerte pasar por converso, por jugar con Dios y con el Diablo.

A Raúl, por ejemplo, su vida pandillera le dejó un enorme 18 tatuado en la cara y siete balazos en el cuerpo; uno de ellos le partió la pierna en medio de un tiroteo espectacular contra pandilleros de la MS-13, cuando cumplía con una “misión”. Aquella vieja herida todavía lo hace cojear. Estuvo preso en cinco cárceles distintas y en una de ellas conoció a pandilleros cristianos, cuando la Iglesia de la Final Trompeta apenas estaba en sus primeros días.

“Cuando me hice cristiano no fue tan agradable, hubo una gran persecución verbal, me insultaban y me ponían apodos como comegallinas o aleluya. Pero yo me di cuenta: ‘he perdido toda mi vida en la calle, toda mi vida, toda mi vida…”, cuenta Raúl, ahora, con la entonación de un niño que sufre y con sus tatuajes a medio borrar.

Raúl tiene cinco años de estar libre y de mantenerse en la senda cristiana. Consiguió que la pandilla tolerara que se inscribiera en un programa de borrado de tatuajes: cada 15 días, Raúl asiste a una especie de clínica donde se somete a un doloroso y lento procedimiento en el que le queman la piel con láser y poco a poco los números que definen su rostro van cediendo espacio a una piel morena. “Nunca supe qué era vivir con papá y mamá –sigue-… perdí toda mi juventud con la pandilla, desde niño anduve en la calle… pero ahora tenía una mujer. Acepté ser cristiano y empezaron las persecuciones: me decían ‘¿por qué no te hiciste cristiano allá afuera?’, y todos queriéndome quebrar mentalmente”.

Raúl explica que un cristiano pierde en la cárcel todos sus derechos con la pandilla: “¡Pero son derechos insignificantes, puras tonteras!, por ejemplo: hay que hacer unas grandes colas para agarrar la comida y uno tiene que andar peleando su lugar porque si uno se duerme se mete otro y hay que andar peleando por la comida… si uno es oveja, uno no tiene derecho a pelear ni a murmurar, uno solo tiene derecho a callar: “¡Oveja, váyase para allá!” Se pierde el derecho a hablar fuerte y esas cosas, tonteras”.

Raúl se casó con su novia dentro del penal. Justo un día después de casados, una pandilla rival le disparó a su nueva esposa en la frente mientras atendía su puesto de venta. Su matrimonio duró 24 horas y la pandilla lo volvió a probar ofreciéndole vengar su muerte: “Ellos me dijeron que me ponían carros, armas, gente fuera del penal y que nosotros no íbamos a perder. Y yo quería que así fuera, pero no pude decir que sí y eso cambió todo: se expresaban diferente de mí. Ya no me llamaban Shadow, sino Raúl, y a los nuevos que se asustan al entrar a la cárcel y se hacen cristianos les gritaban: ‘ustedes no son cristianos, en cambio a Raúl sí lo hemos visto resistir’. La pandilla, o sea Satanás, reconoce a los hijos de Dios”, dice, lleno de orgullo.

En ese ambiente de fronteras ambiguas nació la Iglesia de la Final Trompeta, dirigida por el Kilo de Quezalte, creciendo a la sombra de la pandilla y tolerándose mutuamente. Aunque las prédicas de Kilo exhortaban a no cometer ilícitos, eligió no chocar de frente con la pandilla y hacer la vista gorda con su congregación, que al cabo de dos años –en 2011- sumaba ya casi 70 miembros.

Fue entonces cuando Carlos Montano llegó al penal de Izalco, siendo un muchacho de 19 años, sin ninguna experiencia en la vida carcelaria, condenado a cinco años por uno de esos delitos que no te llenan de prestigio, ni te crean un aura de rudeza en la pandilla: extorsión en grado de tentativa; en otras palabras, fue condenado por haber intentado extorsionar. Un miembro de la iglesia lo recuerda bien: “Era un bicho tímido, callado, fresón, un don nadie”.

Pero su dedicación y su elocuencia lo hicieron destacar muy pronto por sobre pandilleros mucho más curtidos que él, con más años, con más tatuajes y con más jerarquía, y cuando hubo que nombrar a un pastor adjunto, resultó obvio que aquella “silla de honra” debería ser para el devoto muchachito que recién comenzaba a entender la vida en la prisión.

Mantenerse caminando en línea recta ante los ojos de toda una cárcel no es tarea fácil, ni siquiera para los pastores elegidos por el mismísimo Dios: en 2011 Kilo cometió un error –un pecado, dirían algunos- que le hizo perder el respeto de la Iglesia de la Final Trompeta y, en consecuencia, su cargo de pastor general. Nadie se atreve a mencionar aquel error y quienes más se aventuran a hablar aseguran que el pastor Kilo volvió a actuar como un pandillero activo y que ello produjo consecuencias fatales. Los detalles se guardan con celoso secreto. Actualmente Kilo es miembro de la Iglesia de la Final Trompeta desde la llanura. Es solo uno más.

El caso es que hubo que buscar un nuevo pastor general y por derecho de sucesión el puesto le correspondió al copastor de la iglesia, Carlos Montano. El chico que hacía apenas un año era un tímido don nadie, terminó al frente de la Iglesia de la Final Trompeta y desde el principio dejó claro que había llegado a incendiarlo todo.

La primera regla del pastor Carlos Montano fue que nadie que recibiera un centavo proveniente de la extorsión podía ser parte de la Iglesia de La Final Trompeta y el rebaño se alborotó incómodo, acostumbrado a la flexibilidad del expastor Kilo con esos temas. A ello se le sumó una regla más: nadie podía aceptar dinero de alguien que recibiera extorsión. Una de las ovejas relata lo que tuvo que hacer: “Yo le dije al Barrio que ya no quería ninguna renta, que lo que yo tenía se lo dejaba a tal y a tal y que yo ya no quería tener nada que ver con eso”. Y la iglesia –lo que quedó de ella- comenzó a andar harapienta y pobre. Pero la decisión le generó al nuevo pastor un aura de credibilidad y el número de fieles creció.

Carlos Montano dio otro paso: decretó que estaba prohibida toda fornicación y que las ovejas sólo podrían tener acceso carnal a sus legítimas esposas y a nadie más. Luego, piensan algunos, comenzó a írsele la mano: decretaba días de ayuno. Es decir, días en los que se probaba el temple de la iglesia rechazando todos los alimentos. “¡¿Te imaginás la reacción de la iglesia?! La comida es algo sagrado en la cárcel y le dijeron, ‘¿no hay comida y vos querés ayunar?”, cuenta una de las ovejas. Pero la Iglesia de la Final Trompeta resistió y siguió creciendo.

Así llegó el año 2015 en el que las autoridades castigaron a las pandillas restringiendo en las cárceles las visitas conyugales y los reos se las ingeniaron para construir champas: cuartuchos hechos de tela que las parejas utilizaban para tener sexo durante los días de visita regular y que el pastor Carlos Montano consideró pecaminosas por no honrar la decencia del matrimonio. Así que prohibió que los miembros de la iglesia usaran las champas para tener sexo con sus esposas; lo que en la práctica se traducía en simplemente no tener sexo. Considerando que la masturbación estaba prohibida hacía ya varios años, es fácil imaginar el terremoto que la decisión del pastor causó en aquellos hombres. Una cosa es andar escaso de dinero y muerto de hambre, y una muy distinta es morirse de ese otro tipo de hambre corrosiva, y además tener que explicárselo en buen cristiano a la legítima esposa. Para muchos de los reos, aquel encuentro furtivo era el único símbolo de que su matrimonio aún existía, y renunciar a él implicaba renunciar a todo lo que le vinculaba con el mundo libre.

Wilfredo Gómez es miembro de la Iglesia de la Final Trompeta casi desde su fundación y recuerda aquella terrible prueba: “Aunque estuvieras casado era ilícito meterte a las champas, porque el matrimonio debe ser con decoro, sin mancilla, no ir a zampar a tu esposa a una champa donde hay una cortina de por medio con la otra pareja y donde hay papeles sucios, sangre, incluso excremento. Yo pasé ese proceso: Dios buscaba solidez en el liderazgo. ¿Tu mujer o la obra de Dios? Muchos renunciaron a la obra de Dios, pensando: ‘si a mi esposa no le doy yo, otro le va a dar’ y decidieron meterse a la champa, caer en pecado. Mientras que otros elegimos a Dios y le dijimos que no a la carne y debido a eso Dios nos honró”. Wilfredo Gómez se convirtió en uno de los líderes de La Final Trompeta y su esposa apareció un día en la cárcel para notificarle que ella no estaba dispuesta a continuar con aquel matrimonio sin poder ejercerlo y que lo abandonaba.

Así, el pastor Carlos Montano terminó llevando a buena parte de los miembros de La Final Trompeta a una de las condiciones más temibles dentro de la cárcel: la de ser un “ruso”, un desgraciado al que no llega a ver ni su mujer, ni anda en la bolsa un centavo prieto con el que comprarse una golosina. Un preso al que no le queda nada. Pero la iglesia volvió a crecer.

En abril de 2015, el gobierno de El Salvador decidió transferir a todos los miembros del Barrio 18 Revolucionarios que habitaban el penal de Izalco hacia la prisión de San Francisco Gotera. Junto con la pandilla viajó también la Iglesia de la Final Trompeta y sus más de 300 miembros.

En la nueva prisión, el pastor Carlos Montano consideró que había que acelerar la separación entre las ovejas y la pandilla y pidió al director que su iglesia fuera separada físicamente del resto de internos para hacer una declaración formal: nosotros, las ovejas, renunciamos a la pandilla y nos negamos a vivir bajo el poder de su estructura. Eran ya más de 400.

La amenaza del silencio

¿Volver a los sectores de pandilleros activos un día después de haberles robado más de 40 soldados? Para ello se necesita una dosis de locura, o de fe, o un buen cálculo. El pastor Carlos Montano había juntado un poco de todo antes de tomar aquella decisión aparentemente suicida. De su locura o de su fe ya se ha dicho bastante, y de su cálculo diremos que no se basa en el conocimiento de la Biblia, sino en el de su pandilla.

Carlos Montano no fue nunca uno de los grandes nombres dentro del Barrio 18. Comenzó a caminar con la pandilla cuando tenía 12 años y se brincó al Barrio 18 a los 13, en los alrededores de la Plaza Libertad. Asegura que llegó a conducir la clica de una comunidad de San Salvador. Hizo una carrera breve en la estructura y por eso asesinarlo no era un asunto que requiriera muchos trámites; pero la cosa se iba complicando: la Iglesia de la Final Trompeta no solo había seducido a soldados de bajo rango dentro de la pandilla, sino también a homeboys de muy alta jerarquía, de mucho mayor poder que el pastor Carlos Montano y de estatura similar a la de los líderes a los que se enfrentarían. Matarlos a ellos sí requería pensarlo dos veces y por ello el pastor Carlos Montano se hizo rodear de estas influyentes ovejas en aquellas misiones temerarias.

Por otro lado, un cálculo es solo un cálculo y en estas condiciones si el cálculo es atinado, vivís, pero si se te olvidó algún ingrediente, morís a machetazos y navajazos.

De nuevo el director del penal aprobó la visita, de nuevo la celda se cerró a las espaldas de los misioneros y los líderes pandilleros salieron a su encuentro. La adrenalina era un caballo desbocado y los caballos desbocados no son aconsejables en medio de una cirugía de corazón abierto.

“Estábamos parados y empezamos a hablar sobre lo que había sucedido. Nos acusaban de haber soplado (colaborado con las autoridades) y de haber partido la pandilla. Y Montano les dijo: ‘No hemos venido a pedirles permiso ni a negociar con ustedes, hemos venido a decirles lo que vamos a hacer”, recuerda Wilfredo Gómez, uno de los personajes en cuya influencia el pastor Carlos Montano había basado sus cálculos.

La celda se llenó de rumores y de acusaciones. De amenazas. El pastor Carlos Montano les anunció que las ovejas de La Final Trompeta se declaraban fuera de la pandilla y que habían decidido vivir según sus propias reglas. Y los rumores crecieron y aparecieron los primeros metales asomando su mal agüero. El pastor siguió con las decisiones ya tomadas: en cuanto se presente la oportunidad –les dijo- también nos vamos a borrar los tatuajes y, si hay ocasión, vamos a juntarnos con los hermanos cristianos de la Mara Salvatrucha. Entonces aquella celda se descompuso, infartada, al escuchar aquella cuidada selección de agravios. En el lenguaje callejero de las pandillas, borrarse los tatuajes equivale a cambiarse el apellido, a abjurar de tu familia… y llamar “hermanos” a miembros o ex miembros –da igual- de la Mara Salvatrucha es olvidar la sangre que ha corrido. Una y otra cosa suelen definir un destino: la tumba.

El pastor Carlos Montano había escogido las palabras perfectas para invocar un linchamiento: “Se alteró el ambiente y Montano les dijo que si querían cobrar que ahí estábamos, que comenzaran con nosotros. Mucha adrenalina: vimos corvos, punzones, fue una cosa tremenda”. Al contarlo, Wilfredo Gómez aún se encoge, como esperando el primer golpe.

Algunos quisieron cortar aquello por lo sano, o sea, matarlos en ese mismo momento: “Aprovechemos, es de darles ya”, se escuchaba, y otras voces secundaban. “Pero mirá cómo es Dios de poderoso –agradece Wilfredo Gómez, señalando al cielo-, otros decían que no, que no nos mataran y declaraban que no había que meterse con las cosas de Dios… y aquí estamos”.

Ninguno se atrevió aquel día a dar el primer machetazo o a enterrar el primer punzón. Lo que había que decir estaba dicho y lo que iba a pasar había pasado. Se hizo el silencio y los misioneros salieron de la celda taladrados por los ojos de la pandilla.

“Ya no hubo más palabras –cuenta Wilfredo Gómez-, luego se hizo el silencio”.

De ese silencio oscuro fueron naciendo rumores que treparon las paredes de la cárcel y se esparcieron por la calle. El silencio de la pandilla puede significar, a partes iguales, un indulto o una condena de muerte.

El pastor Carlos Montano cumplió su condena el 26 de octubre de 2016, unas semanas después de haber declarado la independencia de La Final Trompeta ante los líderes pandilleros. El director del penal recuerda que Montano solicitó autorización para permanecer unos meses más dentro de la cárcel para poder consolidar su obra, pero que fue imposible concederle ese tiempo. La Iglesia lo despidió como al ungido de Dios para expandir la obra en las calles y el pastor salió con la idea de que al hacer pública la conversión de un rebaño tan grande, muchas iglesias, oenegés o, con suerte, la sociedad salvadoreña, correrían a abrazar el proyecto. Pero eso no ocurrió.

Eben Ezer

Unas 50 personas se congregan en la nave central de la iglesia Eben Ezer; la mayoría son jóvenes que cantan coros religiosos con los ojos cerrados mientras otros murmuran oraciones ininteligibles y profundas. El coro de la iglesia –equipado con una batería, bajo y guitarra eléctrica- canta alabanzas que dan cuenta de que Dios es bueno, comprensivo con la torpeza del hombre y piadoso para perdonar las ofensas.

Julio, expandillero del Barrio 18 Revolucionarios, da su testimonio durante una vigilia en la iglesia Eben Ezer, de la colonia Dina, de San Salvador. Nelson Moz, el pastor general de esta iglesia -enclavada en pleno bastión de esa pandilla-, hace llamados a los jóvenes a dejar la organización. Foto: Fred Ramos

Julio, expandillero del Barrio 18 Revolucionarios, da su testimonio durante una vigilia en la iglesia Eben Ezer, de la colonia Dina, de San Salvador. Nelson Moz, el pastor general de esta iglesia -enclavada en pleno bastión de esa pandilla-, hace llamados a los jóvenes a dejar la organización. Foto: Fred Ramos

Dos chicas que son casi unas niñas realizan danzas improvisadas, enfundadas en vestidos de colores brillantes, con faldas que llegan hasta el suelo y cuyas mangas cubren incluso las muñecas. Ellas –me explica el diácono- no bailan, sino que “danzan para la gloria de Dios”, con los ojos cerrados y el rostro al borde del llanto. De pronto la música cambia y la alabanza que llega tiene un ritmo contagioso: la iglesia se llena de aplausos y los chicos más jóvenes saltan al fondo de la galera y dan vueltas con los brazos en alto, gritando la letra de la alabanza llenos –dicen- de gozo.

Esto ocurre en el corazón de la colonia Dina, a la que el expresidente Francisco Flores convirtió en el icono de las colonias controladas por pandillas cuando en el año 2003 anunció que se había inventado un plan para terminar de una vez por todas con las “maras”: se paró frente a un enorme grafiti que honraba la memoria de uno de los patriarcas del Barrio 18 en el que se leía en letras góticas “RIP, Tío Barba” y anunció el “Plan Mano Dura”. La colonia fue tomada desde temprano por soldados y policías que revisaban, por las buenas o por las malas, casa por casa y registraban a sus anchas cada gaveta y cada ropero, mientras varios helicópteros militares sobrevolaban el perímetro para garantizar que ningún pandillero fuera a ensuciar la puesta en escena del gobierno.

Hoy, 14 años después, las pandillas se han multiplicado con febril locura y controlan cada colonia de clase obrera a lo largo y ancho del país. El expresidente Flores murió antes de que terminara su juicio por corrupción y en lugar del grafiti que conmemoraba el asesinato del Tío Barba, hay un artístico mural de un gallo colorido. Desde luego, la colonia Dina sigue viviendo bajo el puño del Barrio 18.

Entre los muchachos que atienden el culto, hay siete que llevan en el cuerpo la tinta del Barrio 18: tatuajes en el cráneo, en el cuello, en los brazos y en el pecho. Pero esta noche visten todos muy formales, como vendedores de seguros con zapatos lustrados. Todos fueron miembros de la pandilla, todos cometieron crímenes que les hicieron pasar largas temporadas en prisión y todos se han convertido al cristianismo.

La Iglesia de la Final Trompeta no abrió un agujero para salir de la pandilla: simplemente –simplemente- ensanchó ese agujero y lo hizo masivo. Desde hace décadas las iglesias evangélicas han albergado a pandilleros y se han convertido en aval de su conversión. Según un estudio publicado en marzo de 2017, realizado por la Universidad de la Florida, por encargo de la embajada de Estados Unidos, el evangelismo es la principal puerta de salida de las pandillas. En la calle ha habido desde hace décadas expandilleros convertidos al evangelio, luchando en soledad por dejar de ser lo que fueron. Hay quienes en la calle se han animado a borrar sus tatuajes, jugando a la ruleta rusa con la tolerancia de la pandilla, o los tapan con bufandas o con las mangas de la camisa para poder conseguir algún trabajo. Aquellos que tuvieron mayor rango en la pandilla, interceden por los nuevos conversos e intentan pasar inadvertidos. Otros testifican en público la forma en que Dios los cambió. Algunos consiguen mantenerse en la senda, y consiguen trabajos ocasionales para alimentar a su familia. Otros no.

Porque si bien convertirse en oveja permite desde hace años abrir un agujerito a la pandilla por donde escaparse, es imposible perforar el muro sólido e impermeable del Estado: no existe ningún programa público diseñado para recibir o proteger o aupar a los pandilleros que decidan abandonar sus estructuras. A los tatuados, no importa si pistola o Biblia en mano, la Policía los considerará enemigos y los perseguirá. Una y otra vez las autoridades han repetido que solo los tontos creen que existe tal cosa como un pandillero arrepentido.

Este día, dentro del grupo de expandilleros en la iglesia hay dos que recuperaron su libertad hace dos semanas: Jorge y Arnoldo, que han decidido no responder más a sus nombres pandilleros Quinta y Blacky. Ambos pagaron una condena de 10 años por homicidio. Jorge es un hombre parco, silencioso y tímido, delgado como una rama de guayabo. En la calle, Jorge se había labrado un nombre y cuando entró a la cárcel era el responsable de su clica. Arnoldo, en cambio, llegó a la cárcel con una corrosiva adicción al crack y con las ganas de vivir al mínimo. Ellos son hoy el plato fuerte del culto. Ambos darán testimonio.

El pastor Nelson Moz, líder de la iglesia Eben Ezer, los anuncia llamándoles indistintamente por sus nombres y por sus apodos y ambos saltan de sus asientos para contar cómo sus vidas salieron de la oscuridad. El primero es Arnoldo, moreno y bajito. Muerto de ganas por tomar el micrófono y contarles a todos lo que fue y lo que es. Arnoldo ha aprendido a predicar y está lleno de recursos:

-¿Quién vive, iglesia? -grita a modo de entrada.

-¡Cristo! -responden todos en coro.

-¿Y a su nombre?

-¡Gloriaaaaaa…!

Y aquel muchacho surgió, iluminado, para contar una infancia atroz y una juventud llena de odio, la sensación del crack corriendo a galope por la sangre, como si fuera a hacer estallar las venas; del olor a pólvora, del vacío. “Desperdicié mi tiempo en la pandilla”, dice, con un micrófono conectado a un altoparlante, en medio de la colonia Dina, donde la pandilla es la ley. Pide incesantemente que “Dios reprenda al Diablo” y se despide diciendo que Dios es real, que le ha hablado y que él ha creído lo que le ha dicho.

En seguida toma el micrófono Jorge: desde su inmensa timidez y su escaso arsenal de palabras, Jorge intenta hablar de una maravilla que es más grande que su boca y pide disculpas por no saber hablar bien y dice que él solo tiene su historia para dar y que ha venido a darla: “El enemigo me hurtó mi infancia y mi juventud”, dice, “así como yo le había mentido en mi vida a los jóvenes para que se metieran a la pandilla”. Cuenta su vida como puede y en voz baja va zurciendo a saltos al pandillero que fue y su encuentro inexplicable con Dios.

La iglesia los aplaude y les da la bienvenida.

El pastor general, Nelson Moz, nunca fue pandillero. Es un hombre entrado en sus cincuenta, con un bigote poblado y muy lejano a las estridencias con las que se suele relacionar a un pastor evangélico. No suele gritar en sus prédicas y es muy sopesado al hablar, elige sus palabras con calma y, aunque esta comparación seguramente le resulte odiosa, tiene más bien el aplomo de un cómodo sacerdote católico. Pero Nelson Moz está en las antípodas de ser un pastor acomodado: no son pocas las veces que la Policía le ha dejado claro que lo considera un hombre sospechoso por abrir las puertas de su iglesia a la pandilla. Tampoco son pocas las veces que la Policía ha irrumpido a mitad de la noche en su templo, sin ninguna orden judicial, a buscar hombres tatuados, a los que invariablemente ha encontrado.

En 2012, el pastor Nelson Moz conoció a un pandillero que recién salía de la cárcel y que decía ser cristiano y estar desamparado. Moz le creyó y le permitió quedarse a dormir en su oficina durante tres días que terminaron haciéndose cinco años en los que su templo se convirtió en un refugio improvisado para los homeboys, convertidos en ovejas en las cárceles,  que al cumplir su pena elegían no volver al abrigo de la pandilla. Esa decisión le costó buena parte de su feligresía y de sus respectivos diezmos. Pero Moz está convencido de que esa es la misión que Dios le ha puesto delante.

Una vez que Jorge y Arnoldo terminan de dar su testimonio, Nelson Moz toma el micrófono y explica, una vez más, la historia de Eben Ezer: “La iglesia estaba en la comunidad pero no era de la comunidad. Pasó un tramo de la historia como en una burbuja y los muchachos echando fuego en la calle. Que un pandillero se sentara en la iglesia no estaba bien visto. La iglesia solo mantenía la parte ritual. ¡No es posible que nos vayamos a esconder a los templos”, dice, haciendo una ligera inclinación en su voz calmada.

“Antes pensábamos que las misiones cristianas debían estar dirigidas a África, en busca de los no contactados por la palabra de Dios, ¡pero los no contactados están en la esquina, son los pandilleros del Barrio 18 y es nuestro deber llevarles a ellos la palabra de Dios!”, ruge en un país donde nadie pronuncia en voz alta el nombre de las pandillas y en una comunidad donde ellas son la línea que divide la vida y la muerte. “Las pandillas fueron misioneros antes que nosotros, llegaron a todas las comunidades, pero no puede seguir así, nosotros tenemos que ir a esos lugares y ganar los territorios para Cristo”, y los muchachos que le escuchan –chicos devotos que crecieron entre pandillas- gritan en coro “¡amén!”

Antes de terminar el culto, el pastor Nelson Moz pide a los fieles rezar por el pastor Carlos Montano, para que vuelva a encontrar la senda del Señor. Porque hay un secreto a voces que se murmura entre las ovejas: Carlos Montano, piedra angular del rebaño de La Final Trompeta, pastor de más de 400 exhomeboys que creyeron en su prédica y decidieron retar el poder del Barrio 18, ha vuelto a internarse en la oscuridad.

Actualmente así luce el lugar adonde hace 14 años el expresidente Francisco Flores anunció que se había inventado un plan para terminar de una vez por todas con las

Actualmente así luce el lugar adonde hace 14 años el expresidente Francisco Flores anunció que se había inventado un plan para terminar de una vez por todas con las “maras”. Foto: Fred Ramos

Te amamos, papito

Hace unas semanas ya que el pastor Carlos Montano dejó la cárcel de San Francisco Gotera, y Wilfredo Gómez, como uno de los pastores de la Iglesia de la Final Trompeta, es uno de los sostenes del rebaño después de que el pastor generar saliera de prisión. Dentro de la cárcel, Wilfredo Gómez ha tenido a su cargo la conducción de más de 200 ovejas. Su mujer lo abandonó en 2015, luego de que Wilfredo Gómez decidiera cumplir las rigurosas normas sobre conducta sexual impuestas por la Iglesia de la Final Trompeta. Hace un año que no sabe nada de su mujer: las medidas extraordinarias que el gobierno ha impuesto sobre los penales destinados a pandilleros prohíben las visitas y él no ha tenido manera de saber si su esposa ha hecho una nueva vida. Hasta hoy. Mientras se cumple el papeleo que le permitirá salir como un hombre libre, Wilfredo Gómez la ve tras los barrotes de la cárcel y abre los ojos grandes como platos y la mira como a una luna llena, sin alcanzar a decir más palabras que “mi amor”.

Cuando un interno sale de la cárcel, sale en ropa interior, pero el director ha tenido la deferencia de permitirle salir con su uniforme de prisionero: una calzoneta blanca, una camiseta del mismo color y unas sandalias de hule. Le retiran las esposas y unos soldados lo meten a un cuarto para fotografiarle el rostro. Le hacen quitarse la camisa y le fotografían el pecho, lleno de tatuajes pandilleros. Luego lo dejan ir.

Se sube presuroso al pick up donde lo esperamos, y nos pide que nos larguemos lo antes posible. San Francisco Gotera es propiedad de la Mara Salvatrucha-13 y no es recomendable perder el tiempo. Dentro del penal se escuchan aplausos y gritos: La Final Trompeta tiene una sesión de bautismos.

En el carro, Wilfredo Gómez ríe como un niño romántico mirando a su esposa y a su libertad y ninguna de las dos le cabe en los ojos ni en la risa. Ha pasado una década en prisión, condenado por asalto a mano armada. No conoce El Salvador. Fue deportado de Estados Unidos en 2007 y tres meses después de llegar al país cayó preso.

“Todo está tenso, hermano –dice, mientras avanzamos-, la pandilla nos entiende como enemigos, si nos agarran, nos matan, nos han declarado pesetas y nos hacen llegar amenazas a los miembros de la Iglesia”. En el mundo pandillero, llevar a cuestas el mote de peseta es una de las cargas más pesadas: es vivir como un traidor, que es lo mismo que vivir como un condenado a muerte.

A mitad de camino, Wilfredo Gómez hace la pregunta que se le aprieta en la garganta: “Bueno, ¿y qué fue lo que pasó con Montano?” Se hace el silencio. Ricardo, miembro de la iglesia Eben Ezer, intenta desviar el tema. Dentro de la cárcel se ha corrido la voz de que el pastor Montano ha vuelto al pecado de el mundo y la noticia ha sido una bomba que al principio solo llegó a los oídos de los líderes religiosos, pero que luego se esparció como el humo. Intentan llamarle, pero no contesta el teléfono y Wilfredo Gómez le graba una nota de voz: “Saludos, pastor Montano, te llamo pastor porque te lo has ganado, pero sos un cobarde”.

Llegamos a mediodía a la Iglesia Eben Ezer, en la colonia Dina, y ya están esperándolo un puñado de ovejas que lo abrazan y lo bendicen. Ríen y se vuelven a abrazar, y Wilfredo Gómez desaparece en el traspatio para darse una ducha larga y cambiarse la ropa de prisión. Se improvisa un almuerzo al que acude el pastor Nelson Moz, y Wilfredo se maravilla con el plato humilde de un comedor de la zona. Ese trozo de pollo se le hace un manjar en la boca, y comentan con el resto lo difícil que es acostumbrarse de nuevo a los zapatos y a hablar por teléfono sin mirar por el hombro. Ríen. Y el tema vuelve a salir: ¿qué pasó con Carlos Montano?

A sus 25 años, el pastor Montano cedió a las tentaciones con que el mundo le coqueteó: siendo un muchacho joven se dejó tentar, se dice que se emborracha y se droga con sus excompañeros de clica. Alguno cree que ha vuelto a activarse en la pandilla y todos saben que se ha apartado de la Iglesia, que no se deja ver desde hace varias semanas, que no contesta las llamadas, que abandonó la misión.

Ricardo vuelve a marcarle sin ninguna esperanza, para probar a Wilfredo Gómez que sus temores son ciertos, que no hay manera de que el pastor Montano conteste. El teléfono suena una vez y otra y… “Aló, ¿pastor Montano? Qué gusto saludarle, le llamábamos porque Wilfredo acaba de salir y… ¿en una hora? Sí, claro, claro, aquí vamos a estar”. Vuelve a hacerse el silencio.

La Iglesia se convierte en un hervidero y los teléfonos echan humo propagando la noticia de que el pastor desaparecido ha sido encontrado y aparece un hermano más y luego otro y otro.

Carlos Montano entra al lugar con el desconcierto en la cara, sin saber qué decir ante la fiesta que se ha organizado en su honor: no le alcanzan los brazos para abrazar ni los saludos ni la sonrisa. Wilfredo Gómez lo aprieta fuerte y le dice al oído palabras que nadie escucha. Carlos Montano no sabe qué decir e intenta mantener la sonrisa mientras recibe una bienvenida que nunca acaba. Es difícil notarlo, pero el pastor Montano todavía está ebrio.

Carlos Montano entra al lugar con el desconcierto en la cara, sin saber qué decir ante la fiesta que se ha organizado en su honor: no le alcanzan los brazos para abrazar ni los saludos ni la sonrisa. Foto: Fred Ramos

Carlos Montano entra al lugar con el desconcierto en la cara, sin saber qué decir ante la fiesta que se ha organizado en su honor: no le alcanzan los brazos para abrazar ni los saludos ni la sonrisa. Foto: Fred Ramos

El momento inicial acaba y llega el turno de dar cuentas. Sus hermanos le hacen subir a la segunda planta. Hay mucha gente en una habitación pequeña y los rostros jubilosos del inicio se han puesto serios y severos. De pronto Carlos Montano se encuentra en el centro de un círculo nutrido y alcanza a preguntar con timidez: “¿Qué están inventando?” Roberto da un paso al frente, con su cuello ancho, lleno de tatuajes, con sus nudillos hechos de tintas indescifrables y lo señala con gravedad en medio del silencio: “Mire, lo que le queremos decir es que lo amamos, papito”.

Carlos Montano intenta mantener el tipo mientras Roberto sigue: “Cualquier cosa que haya pasado tiene arreglo, Dios tiene grandes planes para usted…” Y luego Wilfredo: “No es a nosotros a los que nos debe explicaciones”; y luego, Arnoldo, bajito y humilde: “Cuando yo estaba en la cárcel usted me dio fuerzas para perseverar y ahora yo he venido a darle fuerzas a usted”; y el pastor Nelson Moz: “Yo a usted lo quiero como a un hijo”; y de nuevo Roberto: “¿Volvió a activarse con la pandilla? Díganos, de verdad que todo tiene arreglo, podemos hablar con quien haya que hablar para arreglar las cosas”. Y Carlos Montano, abrumado, explica que no, que se lo habían ofrecido, pero que dijo que no. Y todos en el círculo respiran aliviados.

Carlos Montano se pone de rodillas entre sus hermanos y todos oran a gritos por él, para que recupere el camino, para que vuelva a ser la piedra angular que fue y a Wilfredo Gómez el espíritu le arrebata la calma y lo lanza a hablar en lenguas que no son comprensibles para los hombres. Al final, cuando las voces terminan, se encuentra de rodillas, emocionado y vencido, rodeado de hombres rudos con lágrimas en los ojos. El pastor se ha reconciliado con su Iglesia.

Pero haber flaqueado no solo es un agravio ante Dios, sino también ante el Barrio 18, que sabe hacer respetar la norma que dicta que no se puede jugar ni con Dios ni con la pandilla. Los devaneos del pastor Carlos Montano parecerían solo una cana al aire o la consecuencia natural de una misión tan pesada sobre hombros tan jóvenes, de no ser porque en medio está la vida y la muerte: para la pandilla es inadmisible que quien se aleja argumentando devoción cristiana, aparezca luego borracho. Es una burla y una ofensa, una prueba de que solo se usó a la religión como excusa para encubrir cobardía y traición. Le añade, sin duda, un agravante el hecho de que quien comete la falta haya apartado a 460 personas del poder del Barrio.

Esta misma noche, Carlos Montano se ha comprometido a “ir a pagar” lo que le debe a la pandilla, y cuando lo comenta nadie intenta disuadirlo, nadie lo toma con alarma. ¿De qué sirve alarmarse por lo inevitable? Mientras abraza a sus hermanos y mientras los escucha hablar de perdón y de amor, Carlos Montano tiene en la cabeza la inexorable venganza del Barrio 18.

Carlos Montano se pone de rodillas entre sus hermanos y todos oran a gritos por él, para que recupere el camino, para que vuelva a ser la piedra angular que fue y a Wilfredo Gómez el espíritu le arrebata la calma y lo lanza a hablar en lenguas que no son comprensibles para los hombres. Foto: Fred Ramos

Carlos Montano se pone de rodillas entre sus hermanos y todos oran a gritos por él, para que recupere el camino, para que vuelva a ser la piedra angular que fue y a Wilfredo Gómez el espíritu le arrebata la calma y lo lanza a hablar en lenguas que no son comprensibles para los hombres. Foto: Fred Ramos

La gran batalla

La norma pandillera para aplicar correctivos es una golpiza de 18 segundos. Cuando la falta es muy grave entonces se aplica el castigo que antecede al asesinato: 36 segundos de tortura. Carlos Montano sobrevivió la golpiza. La pandilla no descargó sobre él la guillotina y le permitió respirar. Al pastor le salvó la vida el hecho de que los Revolucionarios del Barrio 18 atraviesan un momento disperso: no hay quien asuma la autoridad nacional con la potestad –o con el valor- de absolver o condenar a los líderes de La Final Trompeta y a sus ovejas rebeldes.

El pastor Carlos Montano levantó lo que quedó de él luego de la golpiza y caminó solo fuera de aquella cancha de fútbol; recorrió la comunidad en la que fue pandillero, arrastrando su cuerpo deforme por aquellos rincones, dolorido, humillado. Consiguió llegar hasta su casa y se echó en cama. En los siguientes días, el cuerpo le cambiaría de colores y se inflamaría hasta tener una joroba morada que le recordaba, pese a todo, que estaba vivo.

En el país se hizo pública la existencia de 460 presos en la cárcel de Gotera que habían decidido renunciar a la pandilla. El  director de Centros Penales le restó credibilidad a la conversión de tanto pandillero junto. Un mes después, la oficina que dirige aseguró que esos mismos pandilleros de dudosa credibilidad habían cambiado sus vidas gracias al programa penitenciario “Yo Cambio”, y el gabinete de seguridad atribuyó la transformación de aquellos mismos reos al efecto atemorizante de las medidas extraordinarias que pesan sobre las pandillas. Ninguno mencionó al pastor Carlos Montano, ninguno sabía el nombre de La Final Trompeta y, si lo sabían, no llegaron jamás a pronunciarlo durante los eventos y conferencias de prensa en las que presentaron a aquellas ovejas como su éxito.

En las calles se rumora que, ante la falta de una decisión nacional de la pandilla, algunas células están tomando sus propias decisiones: algunas ovejas han escuchado que las tribus de Zacatecoluca y Quezaltepeque han prohibido a sus miembros convertirse al cristianismo y han prometido asesinar a los líderes de la revolución de las ovejas. Otros han escuchado eso mismo de las tribus de Apopa y Lourdes. Otros, más bien, dicen saber que desde el penal de máxima seguridad de Zacatecoluca, los líderes nacionales de la pandilla han ordenado que se deje en paz a los cristianos y a las iglesias que los acogen. En fin, nadie sabe a ciencia cierta si ahora mismo la Iglesia de la Final Trompeta tiene o no una sentencia de muerte.

El pastor Carlos Montano se ha recuperado de sus heridas y ha elegido mantener un perfil bajo, mientras consigue recuperar la confianza y la credibilidad ante su rebaño. Sigue soñando con crear un albergue grande donde aquellos que salen de la cárcel puedan ser alojados mientras consiguen trabajo. Un santuario donde tengan la opción de no volver al mundo. Sigue soñando con que muchas iglesias y oenegés entenderán la importancia de que su sueño exista. Sigue sin ocurrir.

Mientras tanto, el pastor Nelson Moz y los hermanos de la Iglesia Eben Ezer organizaron un evento masivo en una colonia controlada por la Mara Salvatrucha-13 al que asistieron predicadores y ovejas que pertenecieron al Barrio 18. El pastor Moz suele ser un hombre sobrio en sus maneras, pero aquella tarde, viendo a pandilleros enemigos abrazarse y confesar su arrepentimiento, sonreía sin parar y, en un arrebato visionario, anunció: “Ahora mismo en los cielos se libra una gran batalla entre ángeles y demonios”. Quizá sea cierto y lo único que está por verse es cuánto de esa batalla ancestral se derrama en la tierra.

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